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Elegir

Marcelo López-Dinardi. Profesor asistente, Departamento de Arquitectura, Texas A&M.

 

En lo que parece el año más largo de nuestra historia contemporánea, la nación más poderosa del mundo tuvo que elegir a su nuevo presidente. Lo hizo también sufriendo las peores consecuencias del COVID-19, donde —por la ineficacia y el desprecio a la vida por el actual líder— se reportan la mayoría de los casos a nivel mundial. Poder y acción definen dos polos.

En esta elección estaba en juego la polarización de una sociedad aún más dividida que en las elecciones de 2016, momento en que la victoria del representante del Partido Republicano consolidaba la crisis de la democracia en Estados Unidos. El proceso electoral de aquel año no es en sí la crisis, sino más bien el impacto —hoy no tan novel— de las tecnologías digitales y de las redes sociales, particularmente Facebook, no sólo en construir subjetividades con contenidos pagados, sino también en subyugar a nuestros aparatos ópticos y nerviosos, al atravesar pupilas y huellas dactilares hasta el corazón de nuestro sistema neurológico.

Ya nos lo han manifestado en palabras Franco Berardi en Cognitarian Subjectivation (2010) y Byung-Chul Han en Psychopolitics: Neoliberalism and New Technologies of Power (2017): la guerra contemporánea está dentro del cuerpo, en la desarticulación de nuestro tiempo biológico en virtud del tiempo cibernético que desestabiliza nuestra capacidad de procesar y construir pensamientos concretos y empáticos. La crisis de la libertad, nos dice Han, crea una obsesión con el “yo puedo” —que alimentado de imágenes y voces a una velocidad imperceptible— toma autoría de nuestras propias libertades, incluso las de elegir.

Sin duda existen realidades muy concretas del sistema electoral en la territorialidad de Estados Unidos, como la demarcación de los distritos electorales que dividen y agrupan los cuerpos votantes, y que el famoso gerrymandering galvaniza hoy más que nunca en la manipulación de sujetos estadísticos y sus impulsos nerviosos que emanan en el acto de elegir. Esos impulsos son hoy, en pocas palabras, el cuerpo de la democracia, o el demos de Wendy Brown.

La crisis de la democracia en Estados Unidos —que se consolidó en 2016 y que persiste en 2020 a pesar de que el candidato electo promete terminar con las políticas de racismo, xenofobia, y abusos de poder, característicos de la administración actual— está definida por los impulsos de un demos gobernado por un imaginario económico que, como nos advirtió Brown en Undoing the Demos: Neoliberalism’s Stealth Revolution (2015), erosiona la democracia al favorecer la auto-gobernanza, las libertades individuales y aquellas instancias en donde nos toca elegir. El problema existe cuando elegir no se diferencia del proceso de selección frente a los anaqueles de un supermercado.

La reciente elección de EEUU marcó un paso que evidencia el impulso de un demos completamente polarizado. Pero, ¿se puede tener democracia con un demos dividido? La crisis es más profunda y hay mucho que desmantelar para ojalá poder, fuera del mandato de la supremacía financiera, engendrar la posibilidad de que una nación sea capaz de imaginar mucho más que de elegir.

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